A Different Perspective: When You Come From Somewhere By Daniel Alberto Barrantes
I come from a different personal history and experience. As a Peruvian, I grew up understanding that when people become deeply unhappy with their government, the natural response is resistance—and sometimes outright overthrow. Latin American history teaches us that governments are not untouchable, and that power, when abused long enough, eventually faces consequences.
For many years, I believed the United States was different—more advanced, more alert, more resilient against stagnation. In recent years, however, that belief has been seriously challenged. Politically, it feels as though we have moved backward. Technologically, despite constant headlines about innovation, everyday life feels stagnant. Progress seems slower, less meaningful, and increasingly concentrated in the hands of a few.
What troubles me most is the numbness.
Prices rise—food becomes more expensive, gas goes up again—and people barely react. It’s treated as normal. There is frustration, yes, but little collective urgency. People wake up, go to work, scroll through headlines, and go back to sleep—emotionally and civically.
We are falling behind, not only economically, but socially and politically.
What is most alarming is how openly dishonesty is tolerated. A so-called illustrious leader can lie about the economy, about war, about reality itself—and many people not only accept it, they defend it. I struggle to understand how blatant falsehoods no longer provoke outrage in a country that prides itself on truth, accountability, and democratic values.
Lies are no longer shocking. They are expected. And that is dangerous.
As Americans—whether born here or adopted into this country—we need to wake up. Democracy does not collapse overnight; it erodes slowly, through apathy, distraction, and the normalization of what should never be acceptable. Silence and indifference are not neutrality—they are permission.
Coming from a country where people do not quietly accept abuse of power, this complacency is deeply alarming. The United States still has strong institutions, strong people, and enormous potential—but only if its citizens remain engaged, critical, and unwilling to accept deception as the new normal.
Version en Español
Una Perspectiva Diferente: Cuando Vienes de Otro Lugar
Vengo de una historia y experiencia personal distintas. Como peruano, crecí entendiendo que cuando la gente está profundamente insatisfecha con su gobierno, la reacción natural es la resistencia —y, en algunos casos, el derrocamiento. La historia de América Latina nos ha enseñado que los gobiernos no son intocables y que el poder, cuando se abusa de él durante demasiado tiempo, inevitablemente enfrenta consecuencias.
Durante mucho tiempo creí que Estados Unidos era diferente —más avanzado, más atento, más protegido contra el estancamiento. Sin embargo, en los últimos años, esa creencia se ha visto seriamente cuestionada. Políticamente, parece que hemos retrocedido. Tecnológicamente, a pesar de los constantes titulares sobre innovación, la vida cotidiana se siente estancada. El progreso parece más lento, menos significativo y cada vez más concentrado en manos de unos pocos.
Lo que más me preocupa es el entumecimiento.
Los precios suben —la comida se vuelve más cara, la gasolina vuelve a subir— y la gente apenas reacciona. Se acepta como algo normal. Hay frustración, sí, pero poca urgencia colectiva. La gente se despierta, va a trabajar, revisa titulares y vuelve a dormirse —emocional y cívicamente.
Nos estamos quedando atrás, no solo económica, sino también social y políticamente.
Lo más alarmante es la tolerancia abierta a la deshonestidad. Un supuesto líder ilustre puede mentir sobre la economía, sobre la guerra, sobre la realidad misma —y muchos no solo lo aceptan, sino que lo defienden. Me cuesta entender cómo las falsedades evidentes ya no provocan indignación en un país que se enorgullece de la verdad, la rendición de cuentas y los valores democráticos.
Las mentiras ya no sorprenden. Se esperan. Y eso es peligroso.
Como estadounidenses —ya sea que hayamos nacido aquí o que hayamos sido acogidos por este país— necesitamos despertar. La democracia no colapsa de la noche a la mañana; se erosiona lentamente, a través de la apatía, la distracción y la normalización de lo que nunca debería ser aceptable. El silencio y la indiferencia no son neutralidad —son permiso.
Viniendo de un país donde la gente no acepta calladamente el abuso de poder, esta complacencia resulta profundamente alarmante. Estados Unidos aún cuenta con instituciones fuertes, personas fuertes y un enorme potencial —pero solo si sus ciudadanos permanecen comprometidos, críticos y dispuestos a no aceptar la mentira como la nueva normalidad.